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En sus distintas vertientes, el gauchisme político y el mismo debate ideológico que siguió a la rebelión estudiantil y la huelga obrera, se diluyeron con relativa facilidad. Después de haber sido sobrevalorado, el izquierdismopos68 fue desconsiderado y casi denigrado. Eso mismo hizo que al filo de los años, al ritmo de la conmemoración, los sucesos de mayo continuaran siendo una fuente de controversia. Antiguos sesentayochistas justificaron su reconversión y los
liberales recuperaron el acontecimiento en beneficio propio. El diálogo que mantuvo Luc Ferry —situado dentro de la tradición liberal— con Castoriadis a finales de los ochenta fue significativo al respecto. Introduce, por una parte, la perspectiva histórica en la lectura de los acontecimientos y sustrae, por otra, el debate del cuadro marxista-libertario en que había quedado inscrito el 68, lo que hace posible una interpretación del acontecimiento más abierta al pensamiento liberal.
Mayo del 68 fue para Luc Ferry un movimiento individualista situado a mitad de camino entre las grandes revoluciones del siglo xix y el nuevo individualismo de los años ochenta, de signo preferentemente narcisista. Los años ochenta se acercan así a la verdad del 68 y no supondrían tanto su fracaso más manifiesto —como otros vieron. El 68 constituye, en primer término, una repetición de esas revueltas o revoluciones que no llegan (de ahí su repetición) ni a romper el sistema que rechazan ni a consolidarlo, ni a inscribirse verdaderamente en formas institucionales nuevas.
Las dos características fundamentales del individualismo revolucionario son: igualdad contra jerarquía, libertad contra tradición (el individualismo apunta a la abolición de las tradiciones y las jerarquías en nombre de la igualdad y de la libertad entendida como autonomía). Y el 68 es precisamente eso —sostiene Ferry—: la protesta y rebeldía contra todo lo jerárquico y tradicional, es un movimiento antijerárquico y antitradicional. Aun reconociendo el carácter antijerárquico y antitradicional del 68, Castoriadis, uno de los raros intérpretes del 68 que ha sido profundamente fiel hasta su muerte a lo que ya dijo en 1968, define la principal oposición a
este planteamiento.
Para Castoriadis el movimiento del 68 tuvo un carácter más político que social. Después del 68, no era posible el regreso al individualismo liberal de la sociedad de consumo —afirmaba Castoriadis entonces en La breche—. La tranquilidad —el conformismo— de la sociedad capitalista y el crédito del gaullismo habían sido destruidos; los políticos de la izquierda tradicional, desplazados; las autoridades y los valores, a todos los niveles, habían sido denunciados y anulados. «Pasarán años antes de que la enorme brecha abierta en el edificio capitalista haya sido colmada —en el caso de que pueda serlo», concluía Castoriadis a finales de 1968. El horizonte que se dibujaba entonces ante sus ojos era la sociedad autogestionaria.
Para Luc Ferry Mayo 68 no fue un movimiento político que habría fracasado, sino un movimiento social que triunfó más allá incluso de lo previsible. Para Ferry lo esencial de mayo no reside en el contenido de las utopías gauchistes sino en las exigencias puras del individualismo democrático. Ésa es la razón por la que mayo del 68 no se encarnó políticamente sino socialmente, especialmente en la formidable liberación de las costumbres que se produjo. Ésa era la verdad de mayo: si era esencial para la Revolución Francesa encarnarse en la República, no lo era para mayo del 68 encarnarse en la autogestión.
Hay que notar que los planteamientos de Castoriadis y Ferry no son del todo excluyentes. El 68 aparece impregnado de un cierto relativismo, que no es sino una evolución posible del individualismo democrático, que viene a radicalizar el proceso de atomización de lo social. La ausencia de verdades madres favorece la disgregación de la comunidad. La crítica de las tradiciones hace aflorar como consecuencia una cultura de la autenticidad donde el ser uno mismo en su propia singularidad se convierte en el valor supremo. Frente a la norma exterior, sea cual sea, se reivindica el derecho a afirmar la diferencia, sea cual sea. Desde esta perspectiva, la expresión cuenta más que el contenido expresado, el hecho de tener opiniones más que las opiniones formuladas, y las normas de vocación universal desaparecen en beneficio
de los particularismos.
Es la guerra contra la uniformización y la cosificación. Pero lo que se rompe en ese empeño no es solamente el tejido social, sino la posibilidad misma de comunicación en el espacio público, si se tiene en cuenta que los juegos de discusión no deben tener como simple objetivo la expresión de las opiniones sino su confrontación. Así —y por paradójico que pueda resultar respecto a la atmósfera vivida del 68— al conformismo derivado de los grandes dogmas ideológicos de la guerra fría y de su coexistencia pacifica con el crecimiento económico, se opone un relativismo que acabará generando un nuevo conformismo, una nueva actitud conformista: la instalación en el presente sin mayores expectativas de futuro. El sentimiento sustituye a la razón. El sentimiento que activa la imaginación, sí, pero que finaliza por arrumbar
la utopía entendida como exaltación del poder transformador de la razón. La obra,
las consecuencias del 68 se vuelven así a la postre contra la doctrina del profeta
Marcuse.
Desde esta perspectiva no tiene excesivo sentido la discusión sobre las fuentes intelectuales del 68. Seria falaz establecer un vínculo entre los acontecimientos y una constelación de intelectuales en el fondo extraña a esos hechos como Althusser, Bourdieu, Lacan, Foucault, Derrida o Deleuze. Castoriadis subrayó a finales de los ochenta este aspecto por más que Luc Ferry no haya dejado de precisar el pensamiento del 68, la relación de esos autores con el movimiento, aunque sin pretender establecer un vinculo de naturaleza causal (38). Mucho antes que con la filosofía, se puede establecer una relación entre el cine y el 68.
Régis Debray —alumno de Althusser, guerrillero del Che y en los noventa colaborador de Mitterrand— anunciaba antes del 68: «después de los antiguos de Verdun, Mathausen e Indochina, nosotros seremos los excombatientes de la Filmoteca». «El dolor que sufrimos permanece en el cine y, por tanto, en silencio», manifestaba a su vez Godard. El cine ha sido el reino de este mundo para una generación. Un mundo más real que el discurso de los políticos, que la crítica de la oposición. La ficción del cine se antojaba terriblemente verdadera. El gran ojo del cine —había sentado Morin— eleva lo real e irreal, el presente y lo vivido, el recuerdo y el sueño, a un mismo nivel, el nivel del imaginario, tan mitómano como lúcido (39). El cine
fue un consuelo mayor, a la espera de la revolución.
Malraux, en aquella conversación que mantuvo con Max Torres durante los sucesos de mayo, comentó: esto del 68 no es una revolución, las revoluciones no se hacen con imaginación sino con organización y con armas; esto es una película o, más bien, el ensayo general para una película.
El 68 fue, es verdad, una generación de izquierdistas cinefilos.
SÁNCHEZ-PRIETO, J.M., (2001): “La Historia Imposible del Mayo Francés”. Revista de Estudios Políticos (Nueva Época), nº112
“La Chinoise”, de Jean-Luc Godard, 1967:
Hubo un tiempo en que los jóvenes coneastas se hacían activistas: hoy, como mucho, se hacen accionistas. Fruto de esta época de pasiones incendiadas y utopías que se dejaban tocar con la punta de los dedos, La Chinoise ofrece un valioso testimonio de la tormente inminente que iba a estallar al año siguiente. Cuatro estudiantes, que coreografían su adscripción al marxismo-leninismo, teorizan sobre la legitimidad de la acción directa en un apartamento que hoy sería alabado por su interiorismo bicolor.
El desencanto posestalinista y la esperanza maoísta recorren habitaciones atestadas de libros rojos; mientras, en la banda sonora, Claudes Channes extrae todo el potencial epgadizo del nombre del líder de la Revolución Cultural. En el centro del laberinto de palabras resplandece Anne Wiazemsky, nieta de François Mauriac, actriz bressoniana y groupie cahierista que se convirtió en la segunda esposa de Godard ante la atención de la prensa del corazón de la época. Polémica y radical, esta pieza de cámara maoísta introdujo las recisas notas de ambiguedad para no calcinarse con el fuego de la historia.
(COSTA J., (2008): “Mayo del 68, cine de barricada”. El país semanal, nº 1.641 , p.p. 50)


“Soñadores”, de Bernardo Bertolucci (2003):
En la figura del director de Novecento (1976) siempre ha habido un erotómano librando un tenso pulso con el autor concienciado: en el caso de su aproximación al Mayo del 68 venció el primero. El resultado consagró a Eva Green como fetiche sexual culturera: con su biona ladeada y su cigarrillo en la comisura de los labios (…). Gilbert Adair, un escritor experto en ficciones derivadas que ya les había imaginado vidas posibles a la Alicia de Lewis Carroll, a Peter Pena y a los amamantes de Muerte en Venecia, proporcionó aquí la inspiración literaria y un guión que permitía a la cámara de Bertolucci recorrer los laberinticos interiores de esta revolución de puertas adentro. El triángulo formado por Michael Pitt y los hermanos Eva Green y Lou Garrel inicia la revolución a su modo, atendiendo a las micropolíticas de su deseo y a la anarquía de cintura para abajo hasta que un climático adoquín pone las cosas en su sitio y plantea un dilema entre en cóctel molotov y el amor omnívoro.
(COSTA J., (2008): “Mayo del 68, cine de barricada”. El país semanal, nº 1.641 , p.p. 50)Muchos cineastas han encontrado su inspiración en los adoquines de Mayo del 68, “Les amants réguliers” son un ejemplo de ello.

“Les amants réguliers, de Philippe Garrel, 2005:
Vivió el 68 a pie de hoguera. Al año siguiente conoció a Nico y tuvo el privilegio de amarla durante 10 años. Mucho más tarde, le compró un ejemplar de la Enciclopedia Universal Hachette a su hijo y descubrió, con horror, que según el volumen que tenía entre manos, el Mayo del 68 nunca había tenido lugar. En ese momento surgió la necesidad de rodar Les amants régulieras, un antidoto contra el alzehimer colectivo en forma de película colosal de corazón intimista, recorrida pro al verdad incontestable de la experiencia vivida y fortalezida en el recuerdo.
Las carambolas del destino ya habían llegado, dos años antes, a su hijo Louis Garrel a revivir un Mayo del 68 muy sui géneris en Soñadores. Sie sa eplícula convertía la historía en fantasía sexual más o menos claustrofóbica (pero cool), Les amants réguliers se esforzaba por recrear -en una secuencia con alma de tour de forze- la experiencia de un asfalto en pie de guerra. Sesiones opiaceas, conversaciones sobre el palpable freacaso de la revolución y amores tocados de muerte lograban algo tan difícil como capturar el espiritu de la época”.
COSTA J., (2008): “Mayo del 68, cine de barricada”. El país semanal, nº 1.641 , p.p. 48-50
