You are currently browsing lucia12's articles.
Mayo fue un festival para el dialógo. Durante más de un mes, cualquier lugar podía convertirse en un espacio apto para la discusión y la reflexión. Los teatros no fueron una excepción. Si bien la ocupación del Teatro de Francia-Odeón fue la más celebre, no fue la única. Así, en numerosas ciudades de provincia francesas, los jóvenes, emulando a sus colegas parisinos, decidieron ocupar sus teatros y transformarlos en lugares de debate continuo. René Bourrigaud, uno de los ocupantes del teatro municipal de Angers, rememora, aquellos días increíbles (citado en Fraser, 1988: 220-221): “El teatro representaba el summum de la cultura burguesa en la ciudad. Algunos anarquistas – ni siquiera sabíamos que había alguno en Angers- fueron los primeros en atravesar la puerta trasera y erigir la bandera negra sobre el edificio. Luego nosotros abrimos las puertas, ocupamos el teatro. Se convirtió en un foro permanente de debate. Los trabajadores vinieron y participaron (…) Algunos de ellos habalron sobre sus experiencias durante las ocupaciones del Frente Popular en 1936. Nosotros conociamos muy poco acerca de ello, careciamos del conocimiento real de la historia del movimiento de la clase obrera. En este mes hablando, aprendimos más que en cinco años estudiando. Aprendimos porque podíamos hablar a cualquiera y a todo el mundo. Era realmente otro mundo -un mundo de sueño quizás- pero esto es lo que yo siempre recordaré: la necesidad y el derecho de todos a hablar”.
La noche del 15 de mayo de 1968, el Teatro Odeón, en el Barrio Latino, fue ocupado y convertido en un espacio abierto, en el que cualquiera (…) podía tomar la palabra. (…)

La noticia de la ocupación del Odeón se extendió como la polvora; estudiantes, comerciantes, hippies, miembros de la contracultura, curiosos…decidieron instalarse en el teatro. Las discusiones y los mitines se prolongaban toda la noche y se formaron varias comisiones de reflexión. La comisión encargada de la información redactó un texto repleto de ardor revolucionario (Rauch, 1995: 200-201):
Después de los acontecimientos de estos diez últimos días. Después de la ocupación policial del Barrio Latino y de Nanterre. Después de las barricadas de la noche del 10 de mayo y de la salvaje represión policial. Después de la huelga general del 13 de mayo y de la ocupación de la Sorbona. Un grupo de artistas y gentes del teatro, de estudiantes y de trabajadores, constituido en Comité de Acción Revolucionario, ha ocupado esta noche, después de la representación del Teatro de las Naciones, el Teatro de Francia-Odeón, símbolo de una cultura burguesa que ellos reprueban fundamentalmente, al igual que la sociedad capitalista. Desde la ocuapción del teatro, unas comisiones abiertas a todos, han sido creadas para llevar a cabo una tarea de refelxión sobre nuestro rechazo de la difusión del espectáculo-mercancía y sobre las posibilidades de la situación nuevamente instaurada, para desarrollar un arte de combate.
En la nochedel 16 al 17 de mayo, el Comité de Ocupación redactó una moción que sostenía que la toma del Odeón representaba un acto simbólico con el que se pretendía atacar la cultura burguesa y la sociedad de consumo, continuar con el dialógo iniciado por todos los trabajadores y entrar en contacto con otras delegaciones extranjeras que forman parte del mismo movimiento de Liberación.
(…)
El Odeón dejó de ser un teatro para convertirse en un foro de discusión continua, donde una multitud de individuos anónimos descubriría las virtudes emancipadoras de la palabra. Las universidades eran el territorio de la palabra estudiantil, las fábricas eran el territorio de la lucha obrera, y el Odeón era la tribuna libre abierta a todos. Todos los miembros de la sociedad estaban represenatdos. Incluso la jet-set parisina se paseaba por el teatro, transformado en un lugar de moda. Y lo que es peor todavía, incluso la aristrocacia quería tener su propio palco en esta comedia de la sociedad francesa.
(BADENES SALAZAR, P. (2006): “La estética en las barricadas. Mayo del 68 y la creación artística”, Castelló de la Plana: Universitat Jaume I, p.p. 178-181)
En julio de 1957, en la pequeña ciudad italiana de Cosio d´Arroscia, nació la Internacional Situacionista (IS) con el propósito de convertirse en el movimiento de vanguardia más activo en la superación del arte a través de una “creatividad generalizada”. En esta ocasión, Guy Debord, máximo representante del grupo, presentó un “Informe sobre la construcción de situaciones…”, texto de una gran importancia y manifiesto implícito del movimiento.
La influencia de la IS en el Mayo francés fue indudable, a pesar de la confusión que gira en torno a este movimiento y de la ausencia de referencias en los libros consagrados a esta crisis. La imagen más extendida de los situacionistas es la de un grupo de jóvenes agitadores a los que no se les debe tener en cuenta. La mayoría de las obras que los mencionan se limitan a recordar el “escándalo de Estrasburgo”. Sin embargo, aparte de este hecho aislado, se puede constatar que la teoría y la práctica de este movimiento han estado presentes antes, durante y después de la crisis de Mayo (…)
Los situacionistas intuyeron el movimiento revolucionario que se avecinaba. Según ellos, no hacía falta ser ningún profeta para darse cuenta de la explosión social que se iba a producir. La Internacional Situacionista no se limitó a presagiar al tormenta de subversión proletaria, sino que salió a su encuentro. Este movimeinto pasó de ser una organización artística de vanguardia a convertirse en una organización revolucionaria original. Su originalidad radicaba en sus ideas críticas y en las tácticas empleadas para ponerlas en amrcha. A diferencia de otros grupos teóricos del momento, su aportación era la más radical y la menos limitada.
(BADENES SALAZAR, P. (2006): “La estética en las barricadas. Mayo del 68 y la creación artística”, Castelló de la Plana: Universitat Jaume I, p.p. 123-124)

En su lucha conra la guerra de Argelia el movimiento estudiantil francés asumió su función de élite intelectual. Al convertirse en el defensor de los derechos humanos y del derecho a la autodetermianción de los pueblos, este movimeinto, tradicionalmente de derechas, se inclinó hacia la izqueirda y se afirmó como fuerza autónoma en la escena política, distinta y opuesta alos partidos y a las organizaciones tardicionales.
A finales de los 50, incluso a comienzos de los sesenta, los jóvenes politizados formaban parte de las organizaciones juveniles de los grandes partidos, por ejemplo, los jóvenes comunistas. En cambio, a mediados de los sesenta, todas estas organizaciones entraron en conflisto con sus progenitores y se escindieron. Este fenómeno se reprodujo en todo el mundo, pero en Francia alcanzó el paroxismo, pues se produjeron escisiones tanto en el seno de las organizaciones católicas como en el de las comunistas.
(…)
El Barrio Latino contaba con una gran densidad de estudiantes y un vasto universo de facultades, de laboratorios, de librerías y de cafés. En algunas ocasiones, las librerías se sonvirtieron en el punto de partida de un movimiento revolucionario y ejercieron una gran influencia sobre la juventud. En la librería llamada La Joie de Liré (El placer de leer), los estudiantes podían descubrir las múltiples corrientes derivadas del amrxismo: trotskismo y guevarismo en particular. Clarté era más que una librería, era el lugar de reunión de los estudientes de la UEC (Unión de Estudianets Comunistas). Enfrente, el café Le Champo era otro lugar de reunión de este grupo. En la Sorbona, se encontraba el lugar de la FGEL (Federación General de Estudiantes de Letras), un reducto trotskista que solia ser el objetivo frecuente de lso nacionalistas. La calle Ulm, donde se situaba la Escuela Normal Superior, era un santuario marxista-leninista. Los jardines de Luxemburgo también pertenecían a lso estudiantes. En la Calle San Víctor, las salas de la mutua eran alquiladas por todas colectividades. En ellas, los mítines de toda indole se sucedían: libertarios, pacifistas, maoístas, monárquicos…En el mes de mayo, un Barrio Latino en plena ebullición sorprendió, inquietó y fascinó a todo un país, convirtiendose en el simbolo de la revuelta.
A principios de los sesenta, una facción muy activa de la juventud comunista, frecuentemente compuesta pro hijos de comunistas, comenzó a criticar ciertos aspectos de este partido: su disciplina gris, su ausencia de imaginación, su dependencia absoluta con respecto a los soviéticos, su conformismo intelectual…Éstos eran algunos de los defectos que hicieron que muchos jóvenes dirigieran sus miradas hacia otras ideologías (…)
La UNEF (Unión Nacional de Estudiantes Franceses) fue uno de los sindicatos estudiantiles más importantes. Esta organización se opuso a la guerra colonial de Argelia, junto a los sindicatos y partidos de izquierda. (…)
Los militantes más activos se preocuparon, sobre todo, por el paepel del estudiante en la sociedad y la función de la Universidad. Los jóvenes querían salir de la situación bastarda en la que se encontraban: mitad-niños, mitad-adultos y ser simplemete adultos. Existía un profundo deseo de independencia y de fuerte rechazo a la autoridad y de la tutela familiar. Algunos jóvenes llevaron todavía más lejos sus reivindicaciones, al poner en entredicho el contenido y la forma del sistema educativo, luchar contra la asistencia obligatoria a las clases y reivindicar la participación de los estudiantes en la gestión de las facultades. Para otros, la Universidad represenatba una institución irrecuperable que había que destruir, para luego construir una nueva.
Todos estos puntos de vista se superponían a las diversas tendencias políticas, lo cual debilitaba y dividia a la UNEF. Los diversos grupos libraron una batalla permanente por el control del aparato, por los territorios y por los sectores de influencia. Este sindicato estudiantil, ingobernable, dividido, desorganizado y sin presidente en título, fue el que abordó el Mayo del 68.
(BADENES SALAZAR, P. (2006): “La estética en las barricadas. Mayo del 68 y la creación artística”, Castelló de la Plana: Universitat Jaume I, p.p. 55-58)
![]()

En la mañana del 27 de mayo, Seguy fue a exponer a los obreros de Renaul-Billancourt los acuerdos concluidos entre los sindicatos, el gobierno y el empresariado. Unánimemente los trabajadores abuchearon al burócrata que – todo su discurso lo atestiguaba – había venido con la esperanza de hacerse plebiscitar por este resultado. Ante la ira de la base, el estaliniano se resguardó detrás de un detalle callado hasta entonces y efectivamente esencial: no sería firmado nada sin la ratificación de los obreros. Estos al rechazar los acuerdos, la huelga y la negociación tenían que continuar. A continuación de Renault todas las empresas rechazaron las migajas con que la burguesía y sus auxiliares habían contado pagar la reanudación del trabajo.
El contenido de los “acuerdos de Grenelle” no contenía, por supuesto, nada como para levantar el entusiasmo de las masas obreras, que se sabían virtualmente dueñas de la producción que paralizaban desde hacía seis días. Estos acuerdos mejoraban los salarios en un 7 % y fijaban el salario horario mínimo garantizado por la ley (S.M.I.G.) de 2,22 a 3 francos; es decir, que el sector más explotado de la clase obrera, particularmente en provincias, que ganaba 348,80 francos al mes, tenía en adelante un poder adquisitivo más adaptado a la “sociedad de la abundancia”, 520 francos al mes. Las jornadas de huelga no serían pagadas antes de ser recuperadas con horas extraordinarias. Esta propina gravaba ya gravemente el funcionamiento normal de la economía francesa, sobre todo en sus relaciones obligadas con el Mercado Común y los demás aspectos de la competición capitalista internacional. Todos los obreros sabían que tales “ventajas” serían superadas, y, mucho más, por un inminente aumento de los precios. Ellos sentían que sería mucho más expeditivo barrer el sistema, que había llegado hasta el máximo de sus concesiones, y organizar la sociedad sobre otra base. La caída del régimen gaullista era necesariamente la condición previa para esta inversión de la perspectiva.
Los estalinianos comprendieron hasta qué punto la situación era peligrosa. A pesar de su apoyo constante, el gobierno acababa de fracasar una vez más en sus esfuerzos por restablecerse. Después del fracaso de Pompidou, el 11 de mayo, para frenar la subida de la crisis sacrificando su autoridad en el dominio universitario, un discurso de De Gaulle y los acuerdos apresuradamente tomados entre Pompidou y los sindicatos habían fracasado al delimitar una crisis devenida profundamente social. Los estalinianos comenzaron a no tener esperanza en la supervivencia del gaullismo, ya que hasta entonces no habían podido salvarla, y porque el gaullismo parecía haber perdido la energía necesaria para mantenerse. Se encontraban obligados, con su mayor disgusto, a arriesgarse en el otro campo, allí donde siempre habían pretendido estar. El 28 y el 29 de mayo jugaron la caída del gaullismo. Tenían que tener en cuenta diversas presiones: esencialmente de los obreros. Y, subsidiariamente, de los elementos de la oposición que comenzaban a pretender reemplazar el gaullismo y así corrían el riesgo de encontrarse con una parte de los que primero querían la caída del régimen. Se trataba tanto de los sindicatos cristianos de la C.F.D.T. como de Mendes France, de la “Federación”, del confuso Mitterand o de la concentración del estadio Charlety para una organización burocrática de la extrema izquierda.1 Todos estos soñadores, por lo demás, sólo levantaron la voz al nombre de la supuesta fuerza que los estalinianos ponían en juego para abrir su post-gaullismo. Necedades que el resultado inmediato debía sancionar. Los estalinianos eran mucho más realistas. Se resignaron pidiendo un “gobierno popular”, en las grandes y numerosas manifestaciones de l a C.G.T. del 29 y ya estaban dispuestos a defenderle. No ignoraban que esto no sería para ellos más que un peligroso mal menor. ¡Si pudieran contribuir aún a vencer el movimiento revolucionario antes de que éste consiguiese la caída del gaullismo! Creían justamente ya no poder vencer después. El 28 de mayo una editorial radiofónica anticipaba, con un prematuro pesimismo, que el P.C.F. no se levantaría jamás y que el principal peligro venía ahora de los “izquierdistas-situacionistas”.
El 30 de mayo, en un discurso De Gaulle manifestó enérgicamente su intención de continuar en el podar costara lo que costara. Propuso escoger entre próximas elecciones legislativas y la guerra civil inmediatamente. Varios regimientos seguros fueron desplegados alrededor de París y abundantemente fotografiados. Los estalinianos, encantados, se guardaron muy mucho de apelar a mantener la huelga hasta la caída del régimen. Se apresuraron a incorporarse a las elecciones gaullistas, cualquiera que fuese para ellos el precio.
En tales condiciones, la alternativa era inmediatamente entre la afirmación autónoma del proletariado o la derrota completa del movimiento; entre la revolución de los Consejos y los acuerdos de Grenelle. El movimiento revolucionario no podía acabar con el P.C.F., sin haber expulsado primero a De Gaulle. La forma del poder de los trabajadores que hubiera podido desarrollarse en la fase post-gaullista de la crisis, al encontrarse bloqueada a la vez por el viejo Estado y el P.C.F., no tuvo ya ninguna posibilidad de tomar la delantera a su derrota en marcha.
(VIÉNET, R., (1978): “Enragés: Y situacionistas en el movimiento de las ocupaciones”, Madrid: Editorial Castellote, capítulo 7)

“Soñadores”, de Bernardo Bertolucci (2003):
En la figura del director de Novecento (1976) siempre ha habido un erotómano librando un tenso pulso con el autor concienciado: en el caso de su aproximación al Mayo del 68 venció el primero. El resultado consagró a Eva Green como fetiche sexual culturera: con su biona ladeada y su cigarrillo en la comisura de los labios (…). Gilbert Adair, un escritor experto en ficciones derivadas que ya les había imaginado vidas posibles a la Alicia de Lewis Carroll, a Peter Pena y a los amamantes de Muerte en Venecia, proporcionó aquí la inspiración literaria y un guión que permitía a la cámara de Bertolucci recorrer los laberinticos interiores de esta revolución de puertas adentro. El triángulo formado por Michael Pitt y los hermanos Eva Green y Lou Garrel inicia la revolución a su modo, atendiendo a las micropolíticas de su deseo y a la anarquía de cintura para abajo hasta que un climático adoquín pone las cosas en su sitio y plantea un dilema entre en cóctel molotov y el amor omnívoro.
(COSTA J., (2008): “Mayo del 68, cine de barricada”. El país semanal, nº 1.641 , p.p. 50)Muchos cineastas han encontrado su inspiración en los adoquines de Mayo del 68, “Les amants réguliers” son un ejemplo de ello.

“Les amants réguliers, de Philippe Garrel, 2005:
Vivió el 68 a pie de hoguera. Al año siguiente conoció a Nico y tuvo el privilegio de amarla durante 10 años. Mucho más tarde, le compró un ejemplar de la Enciclopedia Universal Hachette a su hijo y descubrió, con horror, que según el volumen que tenía entre manos, el Mayo del 68 nunca había tenido lugar. En ese momento surgió la necesidad de rodar Les amants régulieras, un antidoto contra el alzehimer colectivo en forma de película colosal de corazón intimista, recorrida pro al verdad incontestable de la experiencia vivida y fortalezida en el recuerdo.
Las carambolas del destino ya habían llegado, dos años antes, a su hijo Louis Garrel a revivir un Mayo del 68 muy sui géneris en Soñadores. Sie sa eplícula convertía la historía en fantasía sexual más o menos claustrofóbica (pero cool), Les amants réguliers se esforzaba por recrear -en una secuencia con alma de tour de forze- la experiencia de un asfalto en pie de guerra. Sesiones opiaceas, conversaciones sobre el palpable freacaso de la revolución y amores tocados de muerte lograban algo tan difícil como capturar el espiritu de la época”.
COSTA J., (2008): “Mayo del 68, cine de barricada”. El país semanal, nº 1.641 , p.p. 48-50

“A partir del sábado 11 de mayo, todas las direcciones sindicales hicieron un llamamiento a una jornada de huelga general para el 13. Para ellos se trataba de poner un punto final al movimiento, aprovechándose al máximo de una solidaridad superficialmente llamada “contra la represión”. Los sindicatos tuvieron que hacer también este gesto porque se daban cuenta de la profunda impresión causada entre los obreros por la lucha directa que transcurría desde hacía una semana. Tal ejemplo amenazaba su autoridad. Su huelga de recuperación no respetó el tiempo legal previsto: esto es todo lo que tenía de subversivo.
El gobierno, que primero había reaccionado por la mañana temprano, en el momento de la caída del barrio de las barricadas, con un comunicado amenazador que invocaba un complot y sanciones, ante la importancia de las protestas, se decidió a dar una vuelta completa. El primer ministro Pompideu que regresó de Afganistán el sábado por la tarde, jugó apresuradamente la carta del apaciguamiento. Anunció, haciendo caso omiso de cualquier consideración hipócrita en cuanto a la independencia por principio de la magistratura, que los estudiantes condenados iban a ser liberados después de un nuevo juicio inmediato, lo cual efectivamente ocurrió. Cedió el domingo los locales del anexo Censier de la Facultad de Letras, para que se mantuviese legalmente el sit-in ya reivindicado sobre una reforma de la Universidad. En fin, Pompideu prometió retirar, a partir del lunes, todas las fuerzas de policía del Barrio Latino, y en consecuencia los cordones que guardaban la Sorbona. En la mañana del 13 de mayo la policía se había largado y la Sorbona se encontraba, pues, para tomar. Durante la jornada del 13 de mayo la consigna de huelga general fue ampliamente seguida. En un desfile pacífico, cerca de un millón de trabajadores, con los estudiantes y profesores, atravesaron Paría, de la República a Denfert-Recherau, encontrando en su recorrido la simpatía general. Los slogans se referían a la solidaridad de los obreros y de los estudiantes y reclamaban, por el décimo aniversario de su llegada al poder, la partida de De Gaulle. Más de cien banderas negras se habían sumado a la multitud de banderas rojas, realizando por primera vez esta conjunción de dos banderas que pronto se convertiría en la marca de la corriente más radical del movimiento de las ocupaciones, no tanto como una afirmación de una presencia anarquista autónoma sino como signo de la democracia obrera.
Los sindicalistas obtuvieron fácilmente la dispersión en Denfort; algunos millares de manifestantes, estudiantes en su mayor parte, replicaron hasta el Campo de Marte donde se improvisó un mitin. Durante este tiempo otros comenzaron a ocupar la Sorbona. Fue ahí donde se produjo espontáneamente un fenómeno de una importancia decisiva: todos los que estaban presentes decidieron abrir la Sorbona a los trabajadores. Era coger la palabra al slogan abstracto de la manifestación: solidaridad obreros-estudiantes. Este pasaje se hallaba favorecido por el encuentro de los obreros este día y sobre todo por el diálogo directo entablado entre estudiantes y los obreros más avanzados, llegados de la manifestación para decir que estaban de acuerdo, desde el primer día, con la lucha de los estudiantes y para denunciar el sucio trabajo de los estalinianos. Un cierto obrerismo, cultivado por los especialistas sub-burocráticos del revolucionarismo, no estaba, por supuesto, ausente en las motivaciones de esta decisión. Pero lo que estos líderes habían dicho, sin creer verdaderamente en ello y sin medir las consecuencias, tomó un sentido revolucionario a causa de la atmósfera de libertad total del debate abierto en la Sorbona, que anuló completamente el paternalismo implícito en su proyecto. En fin, vinieron poco obreros a la Sorbona. Pero como la Sorbona había sido declarada abierta a la población, los límites del problema estudiantil y del público convencido se habían roto. Y como la Sorbona comenzaba a realizar una discusión democrática donde se discutía de todo y consideraba como ejecutorias las decisiones tomadas, se volvió un faro para los obreros en todo el país: les mostró sus propias posibilidades.
La completa libertad de expresión se manifestó por la toma de posesión de los muros, así como por la libre discusión de todas las asambleas. Carteles de todas las tendencias, hasta maoístas, cohabitaban en los muros sin ser lacerados ni recubiertos: únicamente los estalinianos del P.C.F. prefirieron abstenerse. Las pintadas sólo aparecieron un poco más tarde. Esta primera noche, la primera pintada revolucionaria insertada, bajo la forma de un filacter, sobre uno de los frescos -”la famosa fórmula: La humanidad no será feliz más que el día en que el último burócrata haya sido colgado con las tripas del último capitalista”- levantó algunas protestas. Después de un debate público la mayoría decidió borrarla. Lo que se hizo.”
(VIÉNET, R., 1978: “Enragés: Y situacionistas en el movimiento de las ocupaciones”, Madrid: Editorial Castellote)
“No queremos saber nada de un mundo en el que la garantía de que no moriremos de hambre se paga con el riesgo de morir de aburrimiento”. Con esa rotundidad se expresaba Raoul Vaneigem, uno de los miembros más relevantes de la Internacional Situacionista, en su libro Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones. Poco antes había dicho: “La toma de partido por la vida es una toma de partido política”Y es que es eso lo que importa cuando se trata de la Internacional Situacionista. De colocar la vida en el centro del proyecto revolucionario. El grupo se formó en 1957 para dinamitar el mundo del arte, siguiendo la estela dadaísta, y poco a poco fue asumiendo la necesidad de incorporar la revolución social como un supuesto irrenunciable.
En enero de 1968, los situacionistas ya organizaron una pequeña gresca en la Universidad de Estrasburgo. Fue la “primera manifestación europea de la revuelta estudiantil”, escribe Mario Perniola, profesor de Estética en la Universidad Tor Vergata de Roma, en Los situacionistas. Historia crítica de la última vanguardia del siglo XX, que escribió en 1972 y que acaba de publicar Acuarela & A. Machado. En mayo, el grupo participó en las luchas de París. Reivindicaron entonces la ocupación de fábricas e hicieron público un programa de democracia directa que implicaba “la abolición de las clases, del trabajo asalariado, del espectáculo y de la supervivencia”, escribe Perniola. Pidieron el poder absoluto para los consejos obreros.
Del libro de Perniola, Amador Fernández-Savater, codirector de Acuarela, destaca que ha sabido rescatar “la dimensión colectiva de la aventura situacionista (más allá de Debord)” y celebra su capacidad para dar cuenta de un “proceso en marcha”, de una “experimentación abierta y en primera persona”, y de no haberse limitado, por tanto, a dar cuenta del encadenamiento de un puñado de ideas. “Lo que importa recuperar de los situacionistas es su voluntad crítica, el gesto de creación”.
La Internacional Situacionista abominaba del capitalismo, pero se enfrentaba con igual intensidad al llamado socialismo real, al que consideraba dominado por una burocracia reaccionaria. Fueron los que dieron voz (incluso antes) a los deseos, afanes, sueños y despropósitos que estallaron en Mayo del 68, y se convirtieron en sus más lúcidos intérpretes. Ya no se trataba sólo de transformar una sociedad podrida por sus radicales injusticias económicas, sino también de recuperar la vida que el capitalismo opulento había anestesiado hasta liquidarla. En su radical crítica a la sociedad del espectáculo, Guy Debord (la figura más relevante del grupo) estableció las nuevas armas teóricas para enfrentarse a un tiempo nuevo.
“Nuestra fuerza está en la elaboración de algunas verdades que, desde el momento en que haya personas dispuestas a luchar por ellas, tienen los poderes destructivos del explosivo”, escribió Attila Kotányi, otro miembro del grupo. En sus revistas llegaron a definir a la Internacional Situacionista como “un pequeño grupo experimental, casi alquímico, en el que se prepara la realización del hombre total”. No se trataba de tomar exclusivamente el poder, había que cambiar la vida. “La mejor táctica coincide plenamente con el cálculo hedonista…”, escribió Raoul Vaneigem.
¿Sirven para algo hoy las ideas de la IS? Fernández-Savater considera que la fuerza de la crítica situacionista procede de haber sabido establecer “un vínculo vivo entre los problemas existenciales y las tentativas de transformación social colectiva”. Y recuerda a Vaneigem, que decía que “no hay diferencia cualitativa entre la búsqueda de la amistad y el amor y el deseo de revolución”. Que Debord convirtiera la insatisfacción (y no la compasión, la ideología o la solidaridad, por ejemplo) en el motor de la crítica, comenta, lo hace muy próximo, “porque ahora también la pregunta clave es cómo politizamos el malestar existencial”.
“Lo que se atacó frontalmente en mayo fue una economía capitalista que funcionaba bien”, escribió René Viènet, otro miembro de la IS: no fue una reacción a un periodo de crisis económica, fue una contestación rabiosa a las limitaciones del sistema. El protagonista de la asonada fue para ellos el proletariado. Y proletario era para ellos cualquiera que hubiera sido desposeído del “empleo de su propia vida”, y que lo supiera.
(ANDRÉS ROJO, J., 2008: “La rabia situacionista”. El País, URL disponible en: http://www.elpais.com/articulo/cultura/rabia/situacionista/elpepicul/20080129elpepicul_4/Tes/)
“En la noche del 17 al 18 de marzo cuatro estudiantes de liceo, miembros de comités contra la guerra de Vietnam, son detenidos; cuatro días más tarde se constituye en la Universidad de Nanterre, bajo la influencia de Cohn-Bendit, lo que quedará en la historia de mayo del 68 como el movimiento del 22 de marzo; Nanterre es cerrada; la agitación se agrava, la policía interviene; los apaleamientos desencadenan motines; los motines se convierten en insurrección; la Soborna es ocupada por los estudiantes.
El 8 de mayo, Sartre, Simone de Beavoir, Coulette Audry, Michael Leiris y Daniel Guerin publican una declaración haciendo un llamamiento a todos los trabajadores e intelectuales “a sostener moral y materialmente el movimiento de lucha comenzado por los estudiantes y los profesores”. El 9 de mayo Sartre firma un manifiesto apoyando en los estudiantes “la voluntad de escapar, por todos los emdios, a un orden alienado”.
El 12 de mayo en una entrevista concedida a Radio Luxemburgo, declara principalmente: “Esos jóvenes no quieren un porvenir que sea el de sus padres, es decir, el nuestro, un porvenir que ha demostrado que éramos hombres cobardes, agotados, fatigados, reblandecidos pro una obediencia total y completamente víctimas de un sistema cerrado que se cierra sobre el trabajador desde el mismo momento en que tiene edad de trabajar (…) La violencia es la única cosa que els queda, cualquiera que sea el régimen, a los estudiantes que aún no han entrado en el sistema que sus padres els han hecho y que no quieren entrar en él. Dicho de otra manera, no quieren concesiones, no quieren que se les compongan las cosas, que se els dé satisfacción en una pequeña reivindicación para, de ehcho, arrinconarles y hacerles pasar por el aro (…) La única relación que pueden tener con esta Universidad es romperla, y para romperla sólo hay una solución, salir a la calle (…) En nuestros blandengues países occidentales la única fuerza de contestación de izqueirdas está constituida por los estudiantes, y pronto, así lo espero, por toda la juventud. Esta fuerza de contestación es violenta pues, en el fondo, la izqueirda es violenta y no puede ser de otra manera puesto que se le hace violencia (…) Este es un rasgo común a lso jóvenes: les hemos construido por todas partes una sociedad que es un fracaso. El verdadero problema, para ellos, es encontrar los emdios de acompasar su combate al de las clases trabajadoras, pues, aunque sus motivaciones sean diferentes, se trata de un mismo combate (…) A los estudiantes les corresponde determinar actualmente, cuál será la forma de su lucha. No es cosa nuestra darles consejos, pues, incluso si se ha protestado toda la vida, siemrpe se está un poco comprometido en esta sociedad”.
El 20 de mayo, Le Nouvet Observateur publica una conversación de Sartre con Cohn-Bendit, “La imaginación al poder”, en la que concluye lo siguiente: “Lo interesante de vuestra acción es que pone la imaginación en el poder. Vuestra imaginación es limitada como la de todo el mundo, pero tenéis muchas más ideas que vuetsros mayores. A vosotros nos han hecho de tal amnera que tenemos una idea muy precisa de lo que es posible y de lo que no lo es. Un profesor dirá: “¿Suprimir los exámenes? ¡Nunca! ¡Se pueden modificar, pero no suprimir!” ¿Por qué? Porque se ha pasado media vida haciendo exámenes. La clase obrera ha imaginado a emnudo nuevos medios de lucha, pero siempre en función de la situación precisa en la que se encontraba. En 1936 ha inventado la ocupación de las fábricas porque era la única arma que tenía para consolidar y explotar su victoria electoral. Vosotros tenéis una imaginación mucho más rica y las fórmulas que se leen en los muros de la Soborna lo prueban. Ha salido de vosotros algo que asombra, que trstorna, que reniega de todo lo que ha hecho que neustra sociedad sea lo que es hoy en día. Es lo que yo llamaría la ampliación del campo de los posibles…”
(FRANCIS J., 1975: “Jean Paul Sartre en su vida”, Barcelona: Barral Editores, p.p. 269-272)

”Muchos años más tarde. Final de los sesenta. Tiempo de derrota. En los últimos meses de su vida, alguien pregunta a Sartre, inválido y ciego: ¿Qué queda del 68? Como un relámpago la respuesta del viejo: Moi. “Yo”. Quedo yo”.
(ALBIAC, G., 1993: “Mayo del 68. Una educación sentimental“, Madrid: Ediciones Temas de Hoy, p.p. 157)
Jean Paul Sartre (1905-1980) fue un filósofo y escritor francés. Fundador y director de la revista Les Temps Modernes y principal cabeza del existencialismo francés. Hay dos etapas en su evolución filosófica: La propiamente existencialista (su reflexión de “el ser y la nada”, la “apariencia” y la “conciencia”) y la de su acercamiento al marxismo. Entre sus principales obras destacan: Esquisse d´une théorie des émotions (1939), L´imaginaire (1940), La nauseé (1938), Les chemis de la liberté (1945), Le Diable et le Bon Dieu (1951). Entre sus ensayos: Baudelaire (1947), Situations (10 en total hasta 1976), y sobre todo, su gran estudio crítico L´idiot de la famille. Gustave Flaubert, 1821-1857 (3 volumenes, 1971-72). Perdió la visión en 1976, renunciando a escribir más libros. Militante al servicio de sus ideas, que le llevaron a rechazar el premio Nobel de Literatura de 1964, la participación directa en el mayo de 1968, y la redacción de prensa escrita de izquierda.
(VARIOS AUTORES, 2003: “Enciclopedia Salvat”, Madrid: Salvat Editores, p.p. 13.996-13.997)
