La guerra de Argelia contribuyó a radicalizar a la juventud fran­cesa. En 1960, en el momento álgido del movimiento independentis­ta argelino, los estudiantes de izquierdas asumieron el control de las organizaciones estudiantiles, durante muchos años dominadas por los estudiantes de derechas. Geismar tomó parte activa en las protes­tas contra la guerra de Argelia y fue uno de los organizadores de una manifestación en París en octubre de 1961. La policía abrió fuego contra los manifestantes argelinos. “Ví como le disparaban a los argelinos”, apuntó Geismar. Después se encontraron cuerpos en el Sena, aunque nunca quedó claro cuantas personas resultaron muertas. El incidente no sería objeto de debate en Francia hasta la década de los noventa.

 […]

En 1958 había en Francia 175.000 estudiantes universitarios, y en 1968 eran ya 530.000, el doble que en Gran Bretaña. A pesar de ello, Francia sólo otorgaba la mitad de licenciaturas que las universidades británicas,` porque tres cuartas partes de los estudiantes franceses suspendían y abandonaban la carrera. Ésa fue la razón por la que De Guille menospreció en un principio al movimiento estudiantil; cre­yó que los estudiantes simplemente no se atrevían a enfrentarse a los exámenes. Las universidades estaban terriblemente masificadas, con 160.000 estudiantes sólo en la Universidad de París. Por eso cuando empezaron a manifestarse, las reivindicaciones de los estudiantes fue­ron capaces de atraer a grandes cantidades de manifestantes. A éstos se añadieron numerosos estudiantes de secundaria de los lycées pre­paratorios para la universidad, que tenían los mismos problemas que los estudiantes universitarios.

 En la mayoría de las universidades, y en especial en Nanterre, el campus en sí no era un lugar cómodo para vivir y estudiar. Pero ade­más, en mayor medida incluso que la Ivy League norteamericana, la universidad francesa era una autocracia absoluta. En un momento en que el futuro de Francia, el futuro de Europa, las nuevas ciencias y las nuevas tecnologías provocaban debates de gran alcance —que expli­can la popularidad de libros como El desafío americano—, los estudiantes no tenían la oportunidad de hablar de nada de todo eso. No había diálogo, ni dentro ni fuera de las aulas, entre profesores y estudiantes. Las decisiones se transmitían de arriba abajo sin ningún tipo de discu­sión. En mayo, pudo verse garabateado en las paredes de la Sorbona el mensaje «Profesores, sois tan viejos como vuestra cultura». Reírse de la edad de la cultura francesa suponía una nueva forma de iconoclastia.

 Los profesores y catedráticos tampoco tenían derecho a hablar. Alain Geismar, convertido ya en joven catedrático de Física y direc­tor del Syndicat National de I’Enseignement Supérieur, el Sindicato Nacional de Profesores de Educación Superior (SNE Sup.), dijo no hace mucho: «La generación joven tenía la sensación de que no que­ría vivir como las generaciones anteriores. Yo reprochaba a la gene­ración de la Liberación haber dejado pasar la oportunidad de mo­dernizar la sociedad. Tan sólo querían volver a poner las cosas como estaban. De Gaulle fue el artífice de la resistencia, de la liberación, había acabado con la guerra de Argelia, y no entendía nada de lo concerniente a la gente joven. Era un gran hombre que se había he­cho demasiado viejo».`

 

En química es bien sabido que algunos elementos muy estables pueden provocar explosiones espontáneas cuando se los sitúa muy cerca de otros aparentemente muy débiles. Escondidos en el seno de aquella sociedad aburrida, masificada y complaciente había elemen­tos apenas perceptibles —una juventud radicalizada con un persona­je totalmente pasado de moda por líder, universidades masificadas, trabajadores descontentos, un consumismo repentino que fascinaba a unos y enfermaba a otros, grandes diferencias entre generaciones, y quizá incluso el aburrimiento mismo— que, si se unían, podían re­sultar explosivos.

 (KURLANSKY, M., (2004): “1968, El año que conmocinó al mundo”, Barcelona: Ediciones Destino, p.p. 282, 285 y 286)