Respecto a la universidad, el 24 de mayo de 1968, el general de Gaulle, Presidente de la República Francesa, denunciaba la “impotencia de este gran cuerpo para adaptarse a las necesidades modernas de la anción y al mismo tiempo a las exigencias que plantea el papel y el empleo de los jóvenes”, Éstas plabras del discurso radiotelevisado, reproducido en el diario Le Monde del 26 de mayo, traducían una opinión generalizada, una frecuente crítica a la que andie había hecho caso hasta entonces; se puede afirmar que a nadie cogió de sorpresa, ni siquiera al propio gobierno, la violenta explosión de una situación insostenible, en la que vivían los jóvenes estudiantes; los graves acontecimeintos que tuvieron lugar en la universidad parecieron a todos la consecuencia de una insatisfacción sin salida, la expresión de una desesperación justificada. La gente de la calle estaba con los estudiantes.
En las declaraciones oficiales, tanto en el caldeado dramatismo de lso sucesos, como en als explicaciones posteriores, en un ambiente más distendido, se admitió siempre la existencia de razones de epso que explicaban el amlestar estudiantil y que tenían su origen en la inadecuación de la universidad francesa a las necesidades de una sociedad moderna. Un bueno ejemplo lo podemos encontrar en las palabras del Ministro de Educación, Edgar Faure, en la Asamblea Nacional, el 24 de julio de 1968, incluidas en su libro sobre la Educación Nacional y la participación:
“Es posible que lso movimientos estudiantiles hayan sido provocados o explotados pro doctrinarios, que perseguían una empresa de más alcance…pero la acción o la agitación de lso estudiantes no se explica ni por la energía de un puñado de agitadores, ni por el nihilismo, ni siquiera por el gusto a la violencia. Este malestar del estudiante frente al mundo, en el que tiene que encajar, y en primer lugar frente a la universidad, que pretende prepararlo para ello, lo han sentido las geenraciones precedentes. Todos, cada uno en nuestra época, hemso podido constatar los defectos, a veces lso vicios, del sistema de enseñanza en el que habíamos sido instalados”.

Esta extensión de la denuncia no la previa de su justeza y no hace más que ampliar hacia el pasado la evidencia de una situación crónica y catastrófica.
Es curiosa la unanimidad que se produce en torno al reconocimeinto sin paliativos del grave problema de inadaptación de las estructuras educativas en Francia, y especialmente de la universidad, a la realidad social y a la urgente necesidad de plantear reformas profundas que garanticen una solución a tales problemas. Esta comprobación no excluye naturalmente la atribución del importante papel en la revuelta estudiantil a los grupos de izquierdas y a otros elementos de carácter incontrolado; pero se acepta en general que el caldo de cultivo para la revuelta estudiantil estaba dado por el ehcho real del mal funcionamiento de la universidaqd, que producía un violento distanciamiento crítico entre lsoa lumnos, que se sentían incómodos, sin sitio en el sistema y llenos de serias preocupaciones sobre su porvenir profesional.
(…)
La universidad había llegado a una situación insostenible, impermeable a cualquier cambio por pequeño que fuese, queratinizada y burocratizada hasta la axfisia. Michael Crozier, en un artículo publicado en 1968, escribia:
“Tal sistema, el universitario, es materialmente impermeable al cambio. No puede ni percibir las nuevas circusntancias ni adaptarse a ellas. Un cambio de programas pone en peligro las salidas y el poder del cuerpo profesoral. Cambiar de métodos y el tipo de relaciones humanas desequilibraría la organización y todo cambio de organización es bloqueado por la opinión de los prefesores y la lucha de lso diferentes cuerpos que detentan el pdoer”.
Todos estos defectos, suficientemente conocidos, fortalecían la opinión de que en la universidad existían las condiciones para que anciera una revuelta. Todas las características de la llamada universidad napoleónica (…), degradada por el apso de lsoa ños y alejada de las motivaciones que le dieron origen, se daban en la universidad de Mayo del 68: fuertemente centralista, excesivamente uniformizada, burocratizada hasta el parálisis y encorsetada en rigideces de todo tipo. (…) 
Por otra parte, a la universidad, nacida y desarrollada en tiempos muy distintos a los del 68, el Estado, del que dependía totalmente a través de los presupuestos geenrales y de las decisiones del gobierno, se el exigían unas prestaciones, como institución pública, para als que ni estaba preparada, ni podía cumplir con sus medios; la obligación de cumplir una estricta función social, de un modo inmediato y perentorio, fruto del pacto social-demócrata, qeu estaba en la abse del estado del Bienestar, en que entonces se vivía, desbordaba sus tardicionales comportameintos y se veía constreñida a ir adaptandose a la nueva situación, sin contar en la mayoría de lso casos con las dotaciones necesarias para el éxito de su reciclaje institucional. La sociedad del Estado de Binestar el pedía a la universidad que se encuadrara en sus exigencias y que acompasara su paso a las necesidades sociales; pero la universidad, inmovilizada en sus tardiciones y en sus acrencias, respondía con dificultad a estos requerimientos.
(SAENZ DE MIERA, A., (1993): “El Mayo Francés”, Barcelona: Tecnos, p.p. 37-40)

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